EL RITO DE TOSTAR por Juan Villanueva

Probablemente fue alimento de multitudes, hervida, o tostada y molida en forma de pitu.

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A inicios de nuestra era, la quinua ya se había adaptado a la crianza humana en el altiplano. Probablemente fue alimento de multitudes, hervida, o tostada y molida en forma de pitu. Con la llegada de los europeos, se uniría a la leche y al queso en el exquisito p’isqi. Su consumo fue discriminado hasta hace pocos años, cuando se descubrieron sus cualidades nutritivas y se disparó su valor de exportación. Hoy se consume tanto en Medio Oriente que algunos piensan que allá se originó.

 

Y el maíz. Decenas de historias desde las llanuras benianas hasta las orillas del Titicaca. De los muchos maíces de granos blancos, grises, rojos, morados y negros, destacó el que tenía el color del sol, el mayor dios inka. Y no solo por eso. Aunque se puede hacer chicha de quinua, de algarrobo o de bayas de molle, la de maíz fue la preferida para celebrar fiestas y alianzas, para retribuir el trabajo y para ch’allar o alimentar a los espíritus de la tierra y las montañas. El tostado o ch’uspillo, el mote, el somó, el pelado con cal, nuestras lawas y pasankallas, la masa de humintas y tamales… hasta las pipocas de nuestras noches de Netflix, deben su existencia a la sara mama o madre del maíz, divina desde Estados Unidos hasta la Argentina.

 

Y si, los españoles nos trajeron el trigo, la avena y la cebada, y siglos después, de la mano de las migraciones llegaron los fideos, y el arroz. Pero aunque esos cereales son, literalmente, nuestro pan de cada día, cocinamos la pasta y el arroz de modo diferente a un italiano o un japonés, retostando el cereal en seco tal como aprendimos con nuestros cereales originarios. Así, nuestro ají de fideos tostados y nuestro arrocito graneado, esconden un pequeño, cotidiano y milenario ritual.

 

 

Fotografía: RTP Bolivia