Coral Ayoroa, una mujer que ayuda a otros a través de su amor a la cocina

Una historia, que te mostrará que todo tiene un gran propósito sobre todo cuando se cocina con amor.

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Me llamo Coral Ayoroa, soy originaria de Chulumani; tengo 40 años y llevo el titulo de cocinera con mucho orgullo. Mi viaje en el mundo culinario ha sido a momentos impredecible como lo es emocionante. Siento que esta pasión mía me ha acompañado desde niña, como una suerte de destino que debía cumplir.

Mi primer contacto con la gastronomía empezó muchos años antes de trabajar en cocinas profesionales, pues ambos de mis padres tenían trabajos en este rubro. Mi padre trabajaba como mesero en una churrasquería que llevaba de nombre, “La Cabaña del Nono”. Recuerdo que solía acompañarlo al trabajo; antes del servicio solíamos comer juntos delicias que no podría haber comido en mi cotidiano. Quizá ahí es donde desarrolle mi paladar.

Por su parte, la separación de mis padres llevo a mi a mami a trabajar como comidera y así poner un pan en la mesa. Tanto yo como mi hermano la ayudábamos después de la escuela; ofrecíamos y repartíamos la comida que mamá preparaba. Al finalizar el día, ella iba al mercado mientras nosotros llevábamos enormes ollas de vuelta a la casa (Como anécdota, recuerdo que fácilmente todo mi cuerpo cabía en ollas que hoy en día me parecen pequeñas). También es con mi madre que aprendí a moler ají y llajua, por supuesto lo hacíamos manualmente con batan.

La relación de mis padres fue tumultuosa y marcada por violencia. Para cuando ellos se separaron, mis hermanos y yo estábamos aliviados de ya no tener que presenciar violencia y maltratos. Fue desde aquella edad que me prometí que mi futura familia no presenciaría tales cosas. Mi mami me enseño muchas cosas sobre el mundo de la cocina; sin embargo, yo me quedo con la perseverancia y fuerza con las que mi madre sobrepaso sus dificultades.

Uno pensaría que mi amor por la cocina inicio por aquellos días y quizá ese fue el caso; sin embargo recuerdo que aquel mundo me parecía agotador y que el trabajo de mis padres era tan demandante que los alejaba de mi y mis hermanos.

Con el pasar del tiempo, yo y la cocina nos volvíamos a encontrar una y otra vez. Para los 14 años, ya había encontrado trabajo como lavaplatos en un hotel (mi primer día en el trabajo fue en un año nuevo); la labor se me hacia interminable. Años después empecé a trabajar como cajera en una de las sucursales de “Pollos Copacabana”, para al cabo de un tiempo tomar el cargo de administradora. Un puesto para el cual mi carácter fuerte me fue de mucha ayuda.

Alrededor de este tiempo es cuando estuve embarazada y di a luz a un bello bebe. Me convertí en madre bastante joven y puedo decir que el momento en el que te muestran a tu hijo por primera vez es magia pura y es en aquel momento en el que conoces como se siente el verdadero amor. Tu hijo se vuelve el motor de tu vida, el impulso que estabas buscando. La experiencia de ser madre no puede ser descrita con palabras.

Trabaje unos años más en Pollos Copacabana. La exigencia de mi posición hizo que cayese enferma y estuviese a punto de sufrir de parálisis fácil en mitad de mi rostro. Naturalmente, deje mi trabajo al poco tiempo y no tarde mucho en decidirme por perseguir una educación universitaria.

Al momento de elegir mi carrera, mi cabeza se lleno de dudas. Tras mucho debate interno, termine por darme cuenta que la cocina me había apasionado desde niña así que decidí por estudiar gastronomía en la Universidad de Los Andes. En aquellos días, la carrera era bastante nueva y echada a menos por muchos; aún así me esmeré y termine graduándome por excelencia. En esa época tuve que balancear mi vida como madre y estudiante (incluso tuve que llevar a mi hijo pequeño a varias de mis clases, él fue mi mayor apoyo en aquella época).

Una vez egresada de la universidad, trabajé en varios restaurantes en los que aprendí una variedad de habilidades. Llegado el momento, empecé a trabajar como educadora en el área gastronómica; de esta forma descubrí que el pasar mis conocimientos a otras personas era tan apasionante como estar cerca de las brasas de las cocinas.

En 2011, recibí la invitación de formar parte de un proyecto que incluiría una fundación y un restaurante. La Fundación se llamaría Melting Pot, y el restaurante sería llamado GUSTU. Lo arriesgue todo y tome la oportunidad porque sabia que así podría ayudar a otros a través de mi amor a la cocina.

Como parte del staff de Melting Pot - Gustu, realice varias pasantías en algunas las cocinas más prestigiosas del mundo. Algunas de las que más destaco son NOMA (el cual fue reconocido 4 veces como el mejor restaurant del mundo), el Restaurante Astrid & Gastón de Gastón Acurio, el Restaurante Malabar de Pedro Miguel Schiaffino. También he podido a representar a Bolivia en numerosos eventos gastronómicos tanto en Bolivia como en otros países latinoamericanos y europeos. Cada una de estas travesías han sido desafíos por derecho propio; ejemplo de ello es que viajé a países como Dinamarca sin siquiera poder hablar ingles.

Mis funciones en Melting Pot han sido muy variadas a lo largo de los años. He sido cocinera y he cumplido funciones administrativas en el restaurant Gustu; he podido desarrollar las escuelas de cocina Manq’a; he podido crear el circuito de Street Food, Suma Phayata; he coordinado el festival latinoamericano de cocina, ÑAM Bolivia; y he sido la jefa creativa y de cocina de Q’atu.

Hoy por hoy sigo dedicándome a lo que más amo, la cocina de mi tierra y realizo mi labor con casi tanta pasión como la cual tengo por mi familia y mi hijo. Quizá podría llenar libros enteros detallando los problemas y errores que he tenido a lo largo de mi carrera; sin embargo he superado estos obstáculos con la frente en alto tal y como me enseño mi mami; quien para mi sigue siendo la mejor chef del mundo.